De Errores y Horrores Ortográficos: la letra con sangre no entra

Por Luis Cruz, de Libros de Mentiras
www.librosdementira.com

Tenía trece años y me sentaba al fondo de la sala de clases. El colegio; uno de curas, relativamente prestigioso, ubicado justo en la esquina de Ricardo Cummings con Alameda. El profesor, de apellido Quintana, sostenía entre sus manos una carta escrita por mí.

El contenido de la misiva; una serie de descargos contra el colegio, su clasismo, sus mojigaterías y la doble moral que allí imperaba. La carta no era para el profesor, era para una amiga que nunca conocí personalmente.

Una serie de hechos, que no logro recordar con claridad, hicieron que un inspector me requisara la misiva antes de que pudiera enviarla a su destinataria. La hoja de cuaderno, escrita a mano, terminó siendo leída en voz alta frente a todos mis compañeros de clase. Sin duda, las cosas que ahí declaraba hubiesen irritado a cualquier docente del plantel. No usé garabatos ni expresiones indecorosas, simplemente dije lo que cualquier adolescente diría sobre una institución que no estaba cumpliendo con sus expectativas, pero lo dije mal.

En una oración escribí la preposición “hacia” como “asia”, y este error/horror ortográfico le dio al profesor Quintana la posibilidad de humillarme.

-Señor Cruz, antes de ponerse a criticar al colegio debería aprender a escribir bien, porque hacia se escribe con “h” y con “c” –dijo sarcásticamente.
Recuerdo haberle respondido que la carta era privada, que no tenía derecho a leerla en público y menos burlándose como lo estaba haciendo. La historia terminó en inspectoría, me suspendieron por uno o dos días. Esa mañana salí del colegio deseando no volver más.

Gracias a esa humillación aprendí que “hacia” se escribe con “h” y con “c”, pero mi interés por las reglas ortográficas y gramaticales siguió siendo nulo.

El tiempo pasó, entré a la universidad y, tras dos años de estudiar derecho, decidí que lo mejor sería cambiarme a periodismo. Quería ser escritor. Estaba decidido a contar historias tan buenas como las que leía día a día en esos libros inolvidables que pasaron por mis manos durante mi adolescencia.

Esta anécdota con el profesor y la carta,  la recordé tras una conversación que sostuve con un joven lector de Librosdementira. Él me pedía que opinara sobre sus poemas, algunos bastante buenos, por cierto. Junto con mi apreciación le recomendé que pusiera atención a su ortografía porque tenía muchos errores, él me respondió que no le importaba ese aspecto porque su mensaje se transmitía igual. Y claro, Oscar Wilde decía que para ser escritor sólo bastaba con tener algo que decir y decirlo. Uno puede escribir como se le da la gana. El genial José Saramago lo demostró en Ensayo sobre la ceguera, libro que prescinde de guiones, signos de interrogación y exclamación. Sin embargo, con el correr de los años, me he dado cuenta que esa libertad en el uso del lenguaje sólo es posible en la medida en que dominas las reglas del idioma en el que escribes. Los errores provocan ruido entre tus lectores, desconcentran y le restan seriedad al texto. Además, impiden que el ritmo o pulsión que intenta transmitir el escritor se propague.

Debo reconocer que el primer curso de redacción que tomé al entrar a periodismo fue un suplicio. El profesor, de apellido Pizarro, era una especie de ingeniero de las letras, tenía fórmulas -casi matemáticas- para cada oración. El ramo lo pasé a duras penas, reaprendí un par de trucos que alguna vez me enseñaron en el colegio y di vuelta la hoja.

Mi perspectiva cambió gracias a un compañero de carrera, también con inquietudes literarias, que parecía tener el don. Redactaba naturalmente de forma impecable, con una seguridad abrumadora. Cada punto, cada coma en su lugar. Ese compañero, de apellido Sanhueza, terminó siendo uno de los fundadores de Librosdementira.

Para él, las frases eran como canciones, cada signo marcaba el compás de la melodía –así me lo explicó una vez que le pregunté cuál era su secreto-. Y, ciertamente, en cada uno de sus cuentos había un ritmo, una pulsión que se introducía desde el papel a mi cabeza, una musicalidad deliciosa que hacía querer seguir el texto, llegar hasta el final de la canción. Con Sanhueza compartimos interminables borracheras cruzadas por nuestros gustos literarios, por nuestros caprichos y veleidades, éramos los mejores, los dostoievskis de la literatura chilena del futuro, de esa que todavía no se escribe. Siempre sentí que él dominaba la técnica y yo tenía las historias.

Fue en una de esas tardes donde, consumidos por el dulce éter de las incontables cervezas bebidas, me dijo que no me preocupara tanto de la ortografía, que Roberto Arlt había sido un maestro pese a que sus textos contenían innumerables faltas, que García Márquez también había reconocido numerosas fallas en sus manuscritos. Mi respuesta fue casi automática: no quiero ser como Roberto Arlt, no quiero ser otro. Y le recité un pequeño manifiesto sobre la ética y estética de mi obra inexistente. Fue en ese momento cuando tuve conciencia de mi necesidad de mejorar.

Ahora bien, del mismo modo –y al mismo tiempo- que comprendí la importancia de poner bien cada signo (o de intentarlo al menos), tuve acceso a textos inéditos de escritores, críticos, magíster y doctores en literatura. Descubrí, no sin sorpresa, que ellos también se equivocan y envían textos con errores y, en algunos casos, horrores ortográficos y gramaticales. Nuestro querido idioma es tan extenso e irregular que lleva años y años dominarlo a cabalidad, sin embargo, es posible mejorar.

Un buen comienzo para este largo camino hacia la perfección, consiste en poner atención y sacar lecciones de cada novela que llegue a nuestras manos. Ahí está toda la verdad sobre cómo se debe escribir. Segundo, no debemos olvidar que cada error que queda al descubierto merece -y puede- ser corregido.

Un jefe que tuve hace algunos años en el diario me dijo: si todos escribieran perfectamente no existiría la figura del editor y yo estaría cesante. Estaba en lo cierto.

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  1. 17 Julio 2011 15:09

    Alexander7 :

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