En esta kalle sí hay cueca
La gente canta, también galantea. El chiquillo del frente me hace una seña, nos miramos. ¡Qué buena! Me mando un verso en honor a mi cueca. Esa que es tan linda, y coqueta. Se menea al ritmo del pañuelo, y saca aplausos de donde quiera.
El arpa, la guitarra y el tormento, el pandero y el acordeón suenan. El hombre tira una frase con rima, el compañero le responde. En Chile se llaman payadores, en Cuba repentintas, son poetas del pueblo que improvisan en verso. Yo celebro de tanta espontaneidad creativa de mi tierra buena.
Me provoco, la sigo. Los hombres se paran, se sacan el sombrero y mueven los pies como los gallos corren tras la gallina. El cabro me agarra del brazo, y bailamos una de esas largas, de 19 pies sin parar. Termino cansada de tanto escobillado y zapateo. ¿De a donde habrá salido esta tremenda doncella?
Nadie tiene claridad de donde surgió, la mayoría concuerda que nació de la zamacueca, como variante de una danza española, aunque con influenzas criollas y africanas. Que la chilena es la hermana menor, y que llegó en 1825 a los aristocraticos salones nacionales, desde donde descendió a los espacios populares.
Mi amigo cantor dice que fue en las chinganas donde alcanzó total esplendor. En esas peñas populares, donde se bailaba y comía de sol a sol, de luna a luna. Es esa cueca con tantas tonalidades -que se funde, crece y mezcla con la tierra, con la choreza de la gente tierna, de los humildes- que tiene vida propia como todos los bailes del pueblo, con libertad de pensamiento. Esa es mi cueca.




